Punta Cana Today Sep 10, 2026

Punta Cana ensayó el miedo y descubrió que sabe moverse a tiempo

Hay un sonido que no pertenece al mar, ni al viento que dobla las palmas de coco en Bávaro con esa insistencia de algo vivo, ni al zumbido eléctrico de los motores fuera de borda que rasgan la espuma turquesa. Es una vibración distinta, artificial, nacida de circuitos y sirenas, que cruza los teléfonos móviles y que, por unos minutos que se sienten como horas suspendidas detiene el mundo entero para enseñarnos a salvarlo. Me refiero a ese instante exacto —casi místico en su desnudez— en que el reciente Simulacro Nacional de Evacuación por Terremoto hizo que miles de personas levantaran la vista. Desde el recepcionista que ajustaba su corbata detrás del mostrador de mármol frío hasta la familia que apenas hundía los pies descalzos en la arena blanca y caliente, todos escucharon. Todos comenzaron a moverse. Y es desde ese movimiento, desde esa coreografía colectiva y torpe que busca preservar lo más sagrado que poseemos —la carne, el aliento, la presencia del otro—, que debemos empezar a leer nuestra verdadera historia.

David Yoander Núñez septiembre 9, 2026

Imagen editorial: columna de opinión

Hay un sonido que no pertenece al mar, ni al viento que dobla las palmas de coco en Bávaro con esa insistencia de algo vivo, ni al zumbido eléctrico de los motores fuera de borda que rasgan la espuma turquesa. Es una vibración distinta, artificial, nacida de circuitos y sirenas, que cruza los teléfonos móviles y que, por unos minutos que se sienten como horas suspendidas detiene el mundo entero para enseñarnos a salvarlo. Me refiero a ese instante exacto —casi místico en su desnudez— en que el reciente Simulacro Nacional de Evacuación por Terremoto hizo que miles de personas levantaran la vista. Desde el recepcionista que ajustaba su corbata detrás del mostrador de mármol frío hasta la familia que apenas hundía los pies descalzos en la arena blanca y caliente, todos escucharon. Todos comenzaron a moverse. Y es desde ese movimiento, desde esa coreografía colectiva y torpe que busca preservar lo más sagrado que poseemos —la carne, el aliento, la presencia del otro—, que debemos empezar a leer nuestra verdadera historia.

La culpa hermosa de dar tanto

Punta Cana da. Da refugio bajo techos de cana, da asombro frente a horizontes que parecen inventados, da esa mezcla de sal y brisa húmeda que recibe a quienes cruzan océanos enteros buscando olvidar sus propias fiebres. Pero, ¿acaso quien da con tanta abundancia, quien derrama su belleza sin pedir perdón, no tiene el deber moral, casi sagrado, casi dostoievskiano en su peso, de proteger aquello que ofrece? Yo me lo pregunto mientras camino por los pasillos donde el aire acondicionado murmura contra el calor pegajoso del trópico, sintiendo el sudor en la nuca. Y sé que usted, lector que me acompaña desde la distancia o desde la silla de mimbre de al lado, podría sonreír con escepticismo. «Aurelio», dirá usted, entrecerrando los ojos frente a la pantalla luminosa, «¿por qué hablar de temblores y catástrofes cuando el sol de este Caribe nuestro parece eterno, clavado en el cielo como una moneda de oro inamovible?».

Es una objeción justa, profundamente humana, nacida de esa costumbre tan nuestra, tan dolorosamente nuestra, de confundir la paz engañosa del paisaje con la inmunidad ante la tierra oscura que lo sostiene. Sin embargo, la realidad geológica —esa fuerza ciega, antigua y terrible que duerme bajo las placas tectónicas, ajena por completo a nuestras ilusiones de invulnerabilidad, a nuestros folletos turísticos impresos en papel brillante, a la tranquilidad narcótica que nos regala ver el amanecer pintando de rojo y naranja el Atlántico cada mañana— no entiende de percepciones. La tierra no lee nuestras plegarias turísticas.

La danza torpe de los cuerpos aprendiendo a salvarse

Lo que presenciamos durante el simulacro no fue un simple trámite burocrático firmado en oficinas frías; fue la demostración física de que esta comunidad, tejida por instituciones, por escuelas donde los uniformes de colores vivos formaron ríos ordenados hacia los patios de cemento, y por empresas que abrieron sus puertas de cristal para dejar salir a su gente al sol, está despertando a una responsabilidad compartida. Una culpa compartida. No todos los dispositivos emitieron ese pitido agudo y urgente a tiempo, es cierto. Hubo silencios donde debió haber alarmas, vacíos donde debió haber instrucciones. Pero, ¿no es acaso el propósito mismo, la razón de ser de todo ensayo, el descubrir dónde falla la cuerda antes de que tenga que sostener nuestro peso sobre el vacío absoluto?

Aunque, pensándolo bien con esa ironía que nos salva del pánico y nos devuelve a nuestra condición terrenal, si algún día la tierra decide sacudirse justo a la hora del almuerzo buffet, dudo mucho que alguien abandone voluntariamente el plato de lechón asado y crujiente; somos dominicanos, después de todo, y el hambre tiene su propia gravedad, su propio abismo del que es imposible escapar. Fuera de esa ironía necesaria, queda la certeza sensorial de haber estado juntos, moviéndonos bajo el mismo sol implacable, aprendiendo que nuestra mayor fortaleza no es ignorar el peligro, sino mirarlo de frente, con los ojos bien abiertos y los pies firmes sobre esta isla que amamos con desesperación.