Punta Cana Today Sep 10, 2026

Punta Cana amanece con grúas en el cielo y salitre en la piel

Hay una vibración particular que sube por las plantas de los pies cuando uno camina por Bávaro al amanecer. No es solo el calor del asfalto que empieza a despertar bajo el sol caribeño; es la certeza física, casi dolorosa en su intensidad, de un destino que se niega a la quietud. Lo que se mueve en Punta Cana —y lo digo porque lo veo desde mi ventana, porque lo huelo en cada esquina de esta franja costera que cubro como quien cuida su propio patio— no es simplemente cemento o cifras de ocupación hotelera. Es vida desbordándose. Es la ambición humana trenzándose con el azul profundo del Atlántico. Y hoy, mientras el salitre me pega en la cara camino a buscar mis notas, siento que estamos ante una de esas mañanas donde todo converge: los planos arquitectónicos que prometen más camas para quienes nos buscan, las luces intermitentes de los agentes ordenando nuestro tránsito, y la sombra majestuosa de un tiburón martillo deslizándose bajo las olas de Bibijagua.

Aurelio Nicéforo Beltré septiembre 9, 2026

El turismo avanza, pero la seguridad y el entorno natural no pueden quedarse atrás

Hay una vibración particular que sube por las plantas de los pies cuando uno camina por Bávaro al amanecer. No es solo el calor del asfalto que empieza a despertar bajo el sol caribeño; es la certeza física, casi dolorosa en su intensidad, de un destino que se niega a la quietud. Lo que se mueve en Punta Cana —y lo digo porque lo veo desde mi ventana, porque lo huelo en cada esquina de esta franja costera que cubro como quien cuida su propio patio— no es simplemente cemento o cifras de ocupación hotelera. Es vida desbordándose. Es la ambición humana trenzándose con el azul profundo del Atlántico. Y hoy, mientras el salitre me pega en la cara camino a buscar mis notas, siento que estamos ante una de esas mañanas donde todo converge: los planos arquitectónicos que prometen más camas para quienes nos buscan, las luces intermitentes de los agentes ordenando nuestro tránsito, y la sombra majestuosa de un tiburón martillo deslizándose bajo las olas de Bibijagua.

¿Me dirán ustedes, lectores escépticos que leen estas líneas desde la comodidad de sus sillas, que soy un iluso por celebrar lo que otros llaman encrucijada? ¿Que acaso no veo las tensiones, los retos, las preguntas sin responder que flotan en el aire húmedo de nuestra provincia? Claro que las veo. Las veo con la misma claridad con la que veo el mar. Pero, ¿acaso no es precisamente esa tensión la prueba irrefutable de que estamos vivos, de que este rincón del Caribe no es un museo polvoriento sino un organismo que exige, que crece, que padece su propia grandeza? Quien teme al crecimiento nunca ha visto florecer un manglar después de la tormenta. El sufrimiento de la transformación es el precio de la gloria, hermanos míos.

Cap Cana multiplica sus horizontes

Cuando leo los informes de ASONAHORES y repaso las proyecciones de expansión que anuncian la intención de duplicar la capacidad hotelera en Cap Cana en apenas tres años, no puedo evitar que el pecho se me infle con una alegría que roza el vértigo. Imagínenlo: tres años. El tiempo que tarda un cocotero joven en dar sus primeros frutos, y nosotros estaremos abriendo miles de nuevas puertas al mundo. Es una apuesta monumental, una declaración de fe absoluta en lo que somos. Porque Punta Cana da refugio, da empleo, da un escenario donde el mundo entero viene a reconciliarse con el placer, a olvidar por unos días la tragedia inherente a la condición humana.

Ahora bien, y aquí mi mente empieza ese baile intrincado, esa dialéctica febril que no me deja dormir tranquilo, ¿qué significa realmente multiplicar las habitaciones? ¿Significa solo apilar bloques de concreto blanco bajo el sol hasta cegar a las gaviotas? Yo mismo me lo pregunto en la madrugada, anticipando la voz del lector cauteloso que murmura sobre los acuíferos, sobre el agua dulce que bebemos, sobre los camiones compactadores que tragan nuestros desechos con fauces metálicas masticando basura día y noche. Un crecimiento así exige una coreografía perfecta, casi divina. No basta con levantar esos brazos de acero amarillo que giran contra el cielo depositando vigas sobre vigas, alzando torres que rascan las nubes bajas. Se requiere transparencia, esa palabra que a veces pesa más que el cemento mismo. Necesitamos saber cómo estos nuevos palacios dialogarán con la tierra que los sostiene, porque construir sin conciencia es edificar nuestra propia culpa.