Punta Cana Today Sep 10, 2026

Veinte mil habitaciones, un tiburón martillo y la fiebre de construir en Punta Cana

Hoy amanecimos con ese calor nuestro, esa humedad densa y constante que se te pega a la piel como una segunda camisa apenas abres los ojos en Bávaro. Un miércoles más donde la luz entra por las persianas no para castigarnos, sino para recordarnos que estamos vivos, que inhalamos salitre y cemento nuevo hasta llenarnos los pulmones de esta tierra. Y es que uno abre la agenda del día —esa lista interminable de sucesos que investigo caminando estas calles, hablando con los ingenieros empapados de sudor, con las madres que empujan coches bajo la sombra espesa de las uvas de playa— y descubre que Punta Cana no es solamente esa postal estática de sol y cócteles que algunos creen ver desde lejos. Es una criatura inmensa que estira sus músculos hacia el horizonte, un organismo complejo que nos obliga a mirarlo con la seriedad de quien contempla un misterio.

Aurelio Nicéforo Beltré septiembre 9, 2026

El desarrollo desmedido y sus sombras: seguridad, infancia en riesgo y el recordatorio de la naturaleza

Hoy amanecimos con ese calor nuestro, esa humedad densa y constante que se te pega a la piel como una segunda camisa apenas abres los ojos en Bávaro. Un miércoles más donde la luz entra por las persianas no para castigarnos, sino para recordarnos que estamos vivos, que inhalamos salitre y cemento nuevo hasta llenarnos los pulmones de esta tierra. Y es que uno abre la agenda del día —esa lista interminable de sucesos que investigo caminando estas calles, hablando con los ingenieros empapados de sudor, con las madres que empujan coches bajo la sombra espesa de las uvas de playa— y descubre que Punta Cana no es solamente esa postal estática de sol y cócteles que algunos creen ver desde lejos. Es una criatura inmensa que estira sus músculos hacia el horizonte, un organismo complejo que nos obliga a mirarlo con la seriedad de quien contempla un misterio.

Entre proyectos que dibujan nuevos cielos, operativos que ordenan el flujo de nuestras avenidas, escudos invisibles que levantamos alrededor de nuestros niños y un tiburón martillo que decidió pasearse cerca de la orilla como un inspector marino venido de las profundidades, este día nos exige con una dulzura implacable mirar hacia adentro. Hacia lo que somos cuando dejamos de posar para las cámaras y nos enfrentamos al espejo brutal y hermoso de nuestro propio crecimiento.

La fiebre hermosa de levantar el mañana

Leo los informes, escucho a los hombres de cascos blancos, reviso las proyecciones que circulan en los despachos de planificación y me detengo, casi con vértigo, ante los números que ha puesto sobre la mesa el señor Hazoury. Veinte mil nuevas habitaciones proyectadas para Cap Cana de aquí al 2029. ¿Veinte mil? Uno se queda mirando esa cifra y siente que el pecho se expande hasta dolerle de alegría, porque no estamos hablando de simples cuartos de hotel apilados unos sobre otros. Estamos hablando de veinte mil razones para que un padre de familia en Verón consiga empleo digno, de veinte mil motivos para que una joven arquitecta dominicana no tenga que empacar sus planos con tristeza para irse a Madrid o a Miami. Es la promesa materializada de ASONAHORES hecha concreto y cristal, un horizonte que se multiplica bajo nuestros pies.

Ahora bien, yo sé lo que usted está pensando mientras lee esto desde su balcón o desde el asiento trasero de un carro que avanza lento por el bulevar. Lo veo dudar, fruncir el ceño, morderse el labio inferior. Me imagino su voz diciéndome: «Aurelio, tú que caminas esto todos los días, ¿no ves que el agua a veces no alcanza, que las vías se llenan, que este desarrollo desmedido nos va a devorar?». Y tiene todo el derecho del mundo a preguntarlo, porque el alma humana teme naturalmente a lo que crece demasiado rápido, sospecha de la abundancia como si fuera un truco de ilusionista destinado a engañarnos.

Pero le pregunto, con la honestidad de quien ama este suelo hasta la médula: ¿acaso no es preferible administrar la riqueza de un territorio que se levanta, que llorar la miseria de un pueblo que duerme? Si ya hoy vemos esas máquinas de orugas amarillas, esos brazos de acero que levantan vigas contra un cielo azulísimo, trabajando sin descanso bajo el sol inclemente, no es para asfixiarnos. Es para prepararnos el traje que vamos a usar mañana. Porque el desarrollo acelerado de esta zona no es una amenaza, amigos míos, es un parto. Y todo parto duele, exige un esfuerzo sobrehumano, reordena el cuerpo entero, nos deja temblando, pero nos regala la vida nueva que tanto necesitábamos.