El desarrollo urbano en Punta Cana ya no pide permiso para ser la capital intelectual del Caribe
Hay una diferencia abismal entre un lugar donde las cosas simplemente ocurren y un lugar que decide, con una terquedad casi geológica, que va a dictar el tempo de lo que viene. El desarrollo urbano en Punta Cana dejó de ser hace rato ese destino al que se llega únicamente por inercia vacacional, por la promesa de una playa que otros descubrieron primero y empaquetaron después; hoy es un territorio que genera su propia gravedad, que obliga a los demás a girar alrededor de sus decisiones. Lo que revelan las noticias de esta semana —desde un foro que pretende pensar el país entero hasta un parque infantil cuyo horario debe extenderse porque la ciudad no duerme, pasando por una selección nacional que elige nuestras canchas para medir su poder— no es una acumulación casual de eventos. Es la confirmación de que este rincón de La Altagracia está construyendo algo que el Caribe no ha visto antes: una infraestructura física y mental capaz de sostener simultáneamente el ocio masivo, el debate estratégico de alto nivel y la vida cotidiana de una comunidad que crece sin pedirle disculpas a nadie por su velocidad.
Aurelio Nicéforo Beltré septiembre 12, 2026
El desarrollo urbano en Punta Cana como escenario del país que viene
GALA Media Group anunció que celebrará la primera edición del Foro Punta Cana 2026 bajo un lema que, si uno lo lee rápido, podría parecer un eslogan publicitario más: "El país que viene". Pero detengámonos un segundo, porque cuando uno vive aquí, cuando ve desde la ventana cómo esos brazos de acero que giran lentos sobre los esqueletos de hormigón van levantando vigas contra el cielo de la tarde, entiende que elegir este nombre no es un capricho estético. El evento tendrá lugar en el Hotel Westin Punta Cana el martes 15, y el hecho mismo de que exista, de que se conciba como un espacio para promover el diálogo sobre los principales desafíos y oportunidades de toda la República Dominicana, altera la geografía política del país. ¿Me equivoco en esto? Puede. Quizás soy demasiado optimista, o quizás el calor de septiembre me está nublando el juicio crítico que todo columnista debería conservar intacto. Pero entonces explíquenme por qué los grandes debates nacionales, esos que antes requerían obligatoriamente el sello postal de la capital, ahora encuentran su escenario natural aquí abajo, en el este.
Durante mucho tiempo, la narrativa dominante —esa que nos llegaba filtrada por quienes analizaban el turismo desde escritorios con aire acondicionado en otras ciudades— insistía en que Punta Cana era un paréntesis. Un lugar de paso, una burbuja de consumo desconectada de la realidad dominicana. Se nos trataba como una anomalía económica, un apéndice hermoso pero intelectualmente estéril. Y sin embargo, aquí estamos. La decisión de organizar un foro de esta magnitud en nuestro territorio no es un acto de descentralización caritativa; es un reconocimiento tácito de que el centro de gravedad del país se ha desplazado. Quienes toman las decisiones, quienes invierten, quienes proyectan el futuro, saben que la energía real está donde está la construcción, donde está el movimiento constante, donde el dinero y las ideas circulan a la misma velocidad que los vuelos internacionales aterrizando en nuestra terminal.
El Instituto Dominicano de Meteorología (INDOMET) pronostica para este sábado 12 de septiembre un ambiente mayormente despejado, con escasas precipitaciones debido al reducido contenido de humedad sobre gran parte del territorio nacional, y temperaturas máximas que rozarán los límites de lo soportable bajo un sol intenso. Uno podría pensar que este clima implacable, este calor que derrite el asfalto y obliga a buscar la sombra como si fuera un refugio antiaéreo, sería un impedimento para la reflexión profunda. Que la gente vendría solo a sumergirse en el agua y olvidar. Pero es exactamente lo contrario. Hay algo en la intensidad de esta luz, en la brutalidad honesta de este sol que no perdona, que elimina las sutilezas innecesarias. Cuando el paisaje te obliga a ser directo, el pensamiento también se vuelve directo. Los foros que nacen bajo este sol no suelen perderse en eufemismos burocráticos.
Porque pensar el "país que viene" desde Punta Cana exige una honestidad material que otros escenarios no permiten. Aquí no puedes hablar de desarrollo abstracto cuando tienes delante proyectos que están redefiniendo la escala de lo posible en el Caribe. No puedes teorizar sobre sostenibilidad mientras ves cómo la ciudad se expande devorando kilómetros de tierra roja. El foro nos obligará a todos —a los organizadores, a los panelistas, a quienes los escucharemos— a confrontar la distancia entre lo que decimos y lo que construimos. Y esa confrontación, aunque incómoda, es el único motor real del progreso. Yo me pregunto a veces, mirando el polvo que levantan los camiones de volteo al cruzar la avenida, si somos conscientes de la velocidad a la que estamos escribiendo nuestra propia historia. Probablemente no lo seamos del todo hasta que alguien lo documente en un foro como este.
Lo irónico de todo esto, y permítanme esta pequeña digresión que solo quien ha sudado estas calles puede apreciar, es que vamos a reunirnos en salones con climatización perfecta para discutir los problemas de un país tropical, vestidos con telas que jamás sobrevivirían diez minutos en la acera de afuera. Discutiremos la pobreza, la infraestructura, la educación, mientras el hielo cruje en vasos de cristal importado. Suena a contradicción, lo sé. Suena a esa vieja costumbre humana de resolver los problemas del mundo asegurándose primero de no tener que sufrirlos en carne propia. Pero aun así, prefiero mil veces que esa conversación ocurra aquí, frente a la evidencia física de lo que somos capaces de levantar, a que siga confinada en salas de conferencias donde el único horizonte visible es una pared de yeso pintada de blanco.
La ciudad que no sabe dormir necesita parques abiertos
Mientras el país se prepara para ser pensado en grande, la vida municipal sigue su curso con una lógica aplastante que a menudo escapa a los planificadores de escritorio. Ramón Antonio Ramírez, conocido por todos en el distrito como Manolito, director municipal del Distrito Nacional Turístico Verón-Punta Cana, informó que la alcaldía está evaluando extender el horario del parque infantil de la Doble Vía. A simple vista, es una nota administrativa menor, un ajuste logístico en la agenda de un funcionario local. Pero lean entre líneas, porque ahí, en esa propuesta aparentemente sencilla, está latiendo —perdonen la palabra, no la usaré, ahí está operando— la verdad demográfica de Bávaro. Un parque infantil no necesita extender su horario si los niños que lo usan se van a dormir temprano. No necesita más horas de funcionamiento si la ciudad a su alrededor se apaga al caer la noche.
Verón-Punta Cana dejó de ser un campamento de trabajadores hoteleros hace mucho tiempo. Es una ciudad compleja, estratificada, ruidosa, llena de familias enteras que han echado raíces en una tierra que originalmente solo fue pensada para visitantes temporales. La Doble Vía no es solo un corredor de tránsito; es una arteria vital donde convergen los que construyen los hoteles, los que sirven en los restaurantes, los que manejan las plataformas elevadoras —esas estructuras metálicas que suben y bajan obreros por las fachadas de vidrio de los nuevos edificios— y los que educan a la siguiente generación. Cuando Manolito plantea extender el horario de un espacio recreativo, está reconociendo oficialmente lo que cualquiera que camine por estos barrios al anochecer ya sabe: la vida comunitaria aquí no obedece a los relojes de las capitales europeas. Aquí la noche es una extensión del día, no su cancelación.
¿Es esto un problema de planificación urbana deficiente? Podríamos argumentar que sí, que deberíamos haber previsto esta densidad poblacional antes de que los parques quedaran pequeños en tiempo y espacio. Pero yo prefiero leerlo como un síntoma de vitalidad desbordante. Las ciudades que mueren son las que cierran sus parques porque nadie los usa. Las ciudades que imponen su voluntad sobre los mapas son las que obligan a sus administradores a reinventar los horarios, a buscar presupuesto extra para mantener las luces encendidas más tiempo, a adaptar la infraestructura a una demanda que siempre va un paso por delante de la oferta. Esa fricción entre lo planificado y lo vivido es, paradójicamente, la señal más saludable de crecimiento económico y social.
Y hay algo profundamente poético, si me permiten el atrevimiento, en que la misma administración que gestiona el distrito turístico más importante del Caribe tenga que ocuparse, con la misma seriedad, de los columpios y los toboganes de la Doble Vía. Esa dualidad es nuestra identidad. No somos solo el resort de lujo ni solo el barrio popular; somos la tensión constante entre ambos, y la obligación moral de que el segundo sostenga al primero sin ser invisibilizado por él. Extender el horario de un parque es un acto político de primer orden. Es decirles a las familias que trabajan en la maquinaria turística que su tiempo libre, el tiempo de sus hijos, tiene valor institucional. Que no son solo fuerza laboral diurna que desaparece cuando el turista se retira a su habitación.
A veces pienso que quienes critican el ritmo de crecimiento de esta zona lo hacen porque aplican métricas diseñadas para lugares que envejecen lentamente. Nosotros estamos en plena adolescencia urbana, torpe a veces, excesiva casi siempre, pero imposible de detener. Si el parque de la Doble Vía necesita abrir de madrugada para dar abasto, probablemente lo hará. Porque la alternativa —cerrarle la puerta a una ciudad que exige espacio— es simplemente impensable para quienes vivimos aquí y entendemos que cada niño jugando bajo la luz artificial de una plaza extendida es la prueba de que este proyecto colectivo vale la pena.
Las Reinas eligen su propia casa para demostrar quién manda
Este viernes 11 de septiembre, la selección femenina de voleibol de República Dominicana, nuestras Reinas del Caribe, debutan ante Nicaragua en la Copa Panamericana. Y lo hacen aquí. En Punta Cana. No en el Distrito Nacional, donde históricamente se han centralizado los grandes eventos deportivos de salón, sino en nuestras instalaciones. Este detalle geográfico no es un accidente de calendario ni un favor logístico. Es una declaración de intenciones. Cuando el deporte de más alto rendimiento, ese que exige estándares internacionales impecables en iluminación, superficie, capacidad y transmisión, elige instalarse en el este, está certificando que nuestra infraestructura ha alcanzado una madurez que ya no requiere validación externa.
Yo he visto cómo se transforman los espacios aquí. He visto terrenos baldíos convertirse en complejos capaces de albergar delegaciones enteras sin que la ciudad sienta la presión de un evento extraordinario. Para Punta Cana, recibir una Copa Panamericana no es una excepción que altera la rutina; es simplemente otra capa de actividad superpuesta a una base que ya opera a máxima capacidad. Las atletas de Nicaragua, y todas las que llegarán a enfrentar a las dominicanas, no encontrarán un pueblo preparándose febrilmente para impresionarlas. Encontrarán un ecosistema que funciona con la precisión de un reloj suizo y la flexibilidad de una red de pescador. Esa normalidad en la excelencia es nuestro mayor logro deportivo, incluso antes de que suene el silbato inicial.
¿Qué significa esto para la tesis de que estamos construyendo algo inédito en el Caribe? Significa que hemos roto el monopolio del sol y la playa como únicos atractivos exportables. El deporte internacional de élite busca condiciones específicas: seguridad, conectividad aérea inmediata, hotelería de concentración, facilidades médicas de primer nivel. Todo eso, que antes requería la logística pesada de una capital, hoy está disponible a pocos kilómetros de donde escribo estas líneas. Las Reinas del Caribe no vienen a Punta Cana de visita; vienen a jugar de locales. Y cuando un equipo nacional adopta un territorio como su fortaleza, ese territorio deja de ser un destino turístico para convertirse en un símbolo patrio.
Imaginen la escena de este viernes. Afuera, según el pronóstico del INDOMET, el sol castigará con una intensidad que mantendrá a la mayoría buscando refugio en interiores climatizados o bajo el agua. Adentro, en la cancha, la fricción de las zapatillas contra el sintético, el golpe seco del balón, la arquitectura muscular de esas mujeres saltando más alto que cualquier expectativa regional. Hay una simetría hermosa en eso. Mientras afuera la naturaleza impone sus reglas térmicas implacables, adentro nosotros imponemos las nuestras, dictadas por el entrenamiento, la disciplina y una ambición que no conoce de temporadas bajas. El voleibol femenino dominicano es, en muchos sentidos, la metáfora perfecta de lo que ocurre en esta región: potencia concentrada, ejecución técnica y una negativa absoluta a conformarse con participar cuando se puede dominar.
Y volvemos al punto de partida, a esa idea que me persigue mientras observo cómo la tarde cae sobre Bávaro y las luces de las obras empiezan a encenderse antes de que el sol termine de ocultarse. Un foro que piensa el país, un parque que extiende sus horas para acomodar a una población que no para de crecer, y una selección nacional que defiende su corona en nuestras canchas. Ninguno de estos tres hechos, aislado, cambiaría la historia. Pero juntos, ocurriendo en la misma semana, en el mismo pedazo de tierra que hace relativamente poco era solo sabana y promesas, forman un argumento irrebatible. Como hemos analizado anteriormente al observar el ritmo del crecimiento inmobiliario en Bávaro, y tal como detallamos al revisar la nueva infraestructura turística del este, Punta Cana no está esperando a que el futuro llegue. Lo está fabricando, ladrillo a ladrillo, set a set, hora extra a hora extra, bajo un cielo que nos recuerda cada mañana, con su calor insoportable y luminoso, que aquí nada se construye con tibieza.